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LA VIOLENCIA CONTRA LA MUJER NO NACE, SE APRENDE Y SE REPITE

El hogar, que debería ser un espacio de protección y afecto, se ha convertido para miles de mujeres arequipeñas en el lugar del que quieren huir, pero no pueden. La violencia no aparece de un día para otro. Se instala lentamente, se normaliza en el trato cotidiano y termina explotando en golpes, insultos, amenazas y control permanente. Arequipa enfrenta esta realidad con cifras que no dejan lugar a dudas.

Durante el 2024, Arequipa se ubicó como la segunda región con mayor número de denuncias por violencia familiar a nivel nacional, solo detrás de Lima. Según registros del Ministerio de la Mujer y Poblaciones Vulnerables, en el 2025 la región ya supera las 15 mil denuncias por agresiones contra mujeres e integrantes del grupo familiar, lo que equivale a un promedio de casi 60 casos diarios.

La violencia psicológica encabeza las estadísticas y representa más del 50 por ciento de los casos atendidos. Le siguen la violencia física y la violencia sexual. Especialistas advierten que la psicológica es la más peligrosa porque suele pasar desapercibida y se prolonga por años sin atención oportuna, deteriorando la autoestima y la salud mental de las víctimas.

La doctora Mirian Aliaga Cayo, decana del Colegio Médico de Arequipa, sostiene que los efectos de la violencia no terminan cuando cesa la agresión. “En los hospitales vemos mujeres con trastornos de ansiedad, depresión severa, insomnio crónico y enfermedades digestivas que tienen como origen una historia prolongada de violencia familiar”, afirma, señalando que el sistema de salud aún no logra responder a la magnitud del problema.

Desde el Centro de Salud Mental Comunitario Ayelén, José Arias confirma que la demanda supera largamente la capacidad de atención. En lo que va del 2025, este establecimiento ha atendido a más de 1.300 personas por problemas vinculados a violencia intrafamiliar. “La mayoría de agresores no reconoce que tiene un problema. Muchos se consideran bebedores sociales o padres estrictos, cuando en realidad ejercen violencia de forma constante”, explica.

Los testimonios de las víctimas reflejan una historia que se repite. Una mujer de 34 años, atendida en uno de los Centros de Emergencia Mujer, relata que fue agredida durante años antes de denunciar. “Me insultaba, me controlaba el celular y cuando quise irme me golpeó. Pensé que era normal porque mi mamá también vivió lo mismo”, cuenta, evidenciando cómo la violencia se hereda de generación en generación.

La psicóloga Giannina Juarez Herrera advierte que la raíz del problema está en la construcción social de la masculinidad. “A muchos hombres se les enseñó que no deben llorar ni expresar tristeza. La única emoción permitida es la ira y cuando no saben gestionarla, la descargan contra quienes consideran más vulnerables”, señala.

Las cifras respaldan esta afirmación. Datos del propio Ministerio de la Mujer indican que más del 80 por ciento de agresores en casos de violencia familiar son varones y que en la mayoría de ellos existieron antecedentes de violencia en la infancia. La violencia no es innata, es aprendida y reforzada por el entorno social.

En Arequipa, distritos como Cerro Colorado, Paucarpata, Yura y Mariano Melgar concentran el mayor número de denuncias, debido a su alta densidad poblacional y a condiciones de precariedad económica que agravan los conflictos familiares. Sin embargo, especialistas advierten que la violencia atraviesa todos los niveles sociales y no distingue nivel educativo ni económico.

El Estado ha impulsado programas orientados a trabajar con los agresores, como Hombres por la Igualdad, promovido por el Ministerio de la Mujer. En Arequipa, más de 2 mil varones participan de manera voluntaria en estos espacios. “Cuestionar el poder y reconocer la violencia propia es el primer paso para cambiar”, señala uno de los facilitadores del programa.

No obstante, la resistencia sigue siendo alta. Muchos hombres evitan estos espacios por miedo al estigma social o por considerar que pedir ayuda los hace ver débiles. Esta presión social se convierte en una barrera adicional para romper el ciclo de violencia. A ello se suma la limitada capacidad del sistema judicial y forense. Arequipa no cuenta con suficientes especialistas en psicología forense y las evaluaciones suelen retrasarse, afectando procesos judiciales y medidas de protección. Las víctimas, especialmente de violencia psicológica, deben esperar días o semanas para ser evaluadas.

La violencia no se erradicará solo con más denuncias ni con medidas punitivas aisladas. Requiere prevención, educación emocional desde la infancia y un trabajo sostenido con los hombres que ejercen violencia. Como coinciden los especialistas, proteger a las víctimas es urgente, pero transformar a los agresores es imprescindible.

Mientras no se rompa el aprendizaje social de la violencia, el hogar seguirá siendo para muchas mujeres el lugar más peligroso. Erradicar la violencia también es tarea de los hombres. Reconocer emociones, asumir responsabilidad y cambiar conductas no los debilita. Los convierte en parte de la solución.

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