Cuando aprender se vuelve un acto de supervivencia
El frío todavía dominaba el anexo Huarcaya cuando los estudiantes de la Institución Educativa 40542 comenzaron su largo camino hacia Arequipa. José Gómez, alcalde escolar, decidió que era hora de que su voz y la de sus compañeros fueran escuchadas. Lo acompañaba una compañera y su docente, preparados para más de doce horas de viaje por trochas difíciles, pendientes estrechas y caminos sin señal. No viajaban por curiosidad, sino por urgencia. Cada kilómetro los alejaba de su escuela y los acercaba a la posibilidad de recibir ayuda.
Durante el trayecto, la sierra mostró su rostro más áspero. Caminos de tierra, polvo, pendientes que no perdonan errores. Cada kilómetro era un recordatorio de lo lejos que está su colegio del resto del país. La I.E. 40542, donde estudian unos 150 niños y adolescentes, queda suspendida en una geografía que parece olvidada incluso por el tiempo. Aulas con techos húmedos, calaminas corroídas, ventanas rotas, vigas vencidas y pisos de tierra son el escenario cotidiano donde se intenta aprender.
El albergue estudiantil, donde viven cerca de veinte menores que caminan hasta cuatro horas desde sus comunidades, no ofrece refugio, sino resistencia. Cuartos de barro y piedra, techos agujereados, paredes abiertas al viento. En las noches, las temperaturas descienden hasta los –16 grados y los niños duermen compartiendo camas o sobre cueros, tratando de conservar algo de calor. Uno de ellos ya pagó el precio más alto: una neumonía severa provocada por la exposición constante al frío.
Cuando llegaron a Arequipa, la ciudad los recibió con otro ritmo y otro clima, pero no con alivio inmediato. José habló con voz firme, aunque cansada. “No nos sentimos valorados”, dijo. No pidió lujos ni privilegios, solo condiciones mínimas para estudiar y vivir sin riesgo. Lo acompañaba la certeza de que, si no hablaba ahora, el colegio podría literalmente derrumbarse antes de recibir ayuda.
Los consejeros regionales que inspeccionaron el plantel días después confirmaron lo que los estudiantes ya sabían. El deterioro estructural es extremo, el albergue está en estado crítico y Huarcaya presenta el mayor nivel de abandono que han visto. Sus informes describen paredes que no protegen del viento, techos que no detienen la lluvia y un sistema que obliga a los niños a adaptarse a lo inhumano.
En la ciudad, los escolares tocaron puertas. En el Consejo Regional reclamaron haber sido olvidados por todas las instancias. En la sede del gobierno regional, pidieron apoyo, aunque fuera temporal, mientras llega una solución real. Escucharon promesas medidas, explicaciones técnicas y una verdad incómoda, el presupuesto para el expediente técnico del nuevo colegio fue reasignado a otro proyecto.
La respuesta inmediata, si llega, será solo mantenimiento. Parches frente a una estructura que no resiste más. Mientras tanto, en Huarcaya, las clases continúan entre paredes de barro y noches que congelan. El viaje de doce horas no fue una excursión escolar: fue un intento desesperado por evitar que el olvido termine de hacer lo que el frío, la lluvia y el abandono ya empezaron.


