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El viaje que no llegó al amanecer

La madrugada todavía respiraba cuando el rugido seco del metal quebró el silencio de la Panamericana Sur. No fue un estruendo largo, sino un golpe brutal, definitivo, como si la carretera hubiera decidido cobrarse vidas de una sola vez. Minutos después, el bus de la empresa Llamosas ya no estaba en la vía: había desaparecido del camino, tragado por el abismo oscuro que bordea el río Ocoña.

Dentro de la unidad, el tiempo se rompió. Los cuerpos salieron despedidos, las ventanas se hicieron astillas y los gritos quedaron suspendidos en el aire, sin eco posible. El bus cayó más de cien metros, girando, golpeando la roca, desarmándose en cada impacto hasta quedar reducido a un amasijo irreconocible en el fondo del barranco. Allí terminó el viaje de 37 personas que solo querían llegar a Arequipa antes del amanecer.

Arriba, en la carretera, la camioneta permanecía casi intacta. Su conductor, Henry Apagya Ñaupari, estaba de pie, ileso, respirando. Horas después, en una comisaría iluminada con fluorescentes fríos, el dosaje etílico confirmó lo que el olor ya había delatado: había bebido. Mientras tanto, abajo, entre hierros retorcidos y mochilas abiertas, yacía el chofer del bus, aún aferrado al volante, como si hubiera intentado lo imposible en los últimos segundos.

Los rescatistas descendieron con sogas, linternas y silencio. Cada cuerpo recuperado era un nombre que alguien esperaba en algún punto del sur. Zapatos sin dueño, celulares apagados, documentos húmedos. El río observaba, indiferente, como lo ha hecho otras veces. Porque ese tramo de la carretera ya conoce la muerte; la ha visto caer una y otra vez desde el mismo punto, como una historia que nadie quiere corregir.

Los heridos fueron subidos a ambulancias con el amanecer encima. Algunos no preguntaban nada, otros repetían nombres que no respondían. En los hospitales de Camaná y Arequipa, las salas de emergencia se llenaron de un dolor que no entiende de estadísticas. Afuera, las familias llegaban con la esperanza frágil de no encontrar el nombre que temían.

La carretera fue cerrada durante horas, pero el país siguió avanzando como si nada. Las curvas continuaron allí, sin señalización suficiente, sin barreras, esperando al próximo error humano. Y mientras la Fiscalía levantaba cuerpos y abría carpetas, quedaba flotando una pregunta incómoda: ¿cuántas tragedias más necesita este abismo para que alguien decida intervenirlo?

Cuando el tránsito se restableció, el barranco volvió a quedarse solo. Abajo, el bus destrozado seguía allí, como una herida abierta en la geografía. Arriba, los vehículos retomaron su camino. Y en algún lugar, 37 hogares comenzaron a aprender cómo se vive cuando un viaje no termina.

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